Columna Invitada: Desmitificando la política petrolera.

En México no hay que meterse ni con la Virgencita, ni con la Selección ni con Pemex, o alguien sale lastimado. Sin embargo, hoy me arriesgaré.

Uno de los primeros pasos importantes para poder abordar el tema petrolero de forma que pueda maximizarse el beneficio del sector es desmitificar el impacto y proporción que tienen las compañías internacionales de petróleo (IOCs, por sus siglas en inglés) y su poder relativo con las paraestatales (NOCs): la mayor parte de las reservas probadas –más del 85%, dice la agencia de energía de los Estados Unidos- está bajo el control de NOCs.

Esto tiene una implicación profunda en la estructura de la industria: dos de las cinco fuerzas que indican qué tan competida y compleja es una industria –la rivalidad dentro de la industria y la amenaza de nuevos actores- se transforman de forma tal que cada compañía –privada o pública- se aferrará a las reservas que les otorga la ley de donde operan. Esto es, un actor racional ante un escenario de alta competitividad, mantendrá el recurso básico de entrada a la industria para poder participar. Esto implica que el modelo de negocio en donde la compañía internacional licita y toma control sobre las reservas, está en declive.

La consecuencia práctica de esta realidad es el cambio gradual de operación de las IOCs: en lugar de explorar, producir y hacer actividades de refinación de manera integrada, trabajan con gobiernos –usualmente en joint ventures– para extraer los recursos. Las compañías por medio de las cuales operan localmente las transnacionales tienen naturalmente participación privada, pero la mayoría accionaria es de las paraestatales, manteniendo así el control sobre las reservas. Ejemplo de esto es el proyecto Sakhalin-II en el que participan Shell, Mitsui y Gazprom –esta última la compañía paraestatal-  mismo que por su magnitud hubiera sido difícil de ejecutar y financiar por el Estado de manera exclusiva, pues incluye inversiones en producción y una planta de regasificación de gas natural licuado.

Sabiendo lo anterior, el siguiente paso es entender a Pemex. El rol de Petróleos Mexicanos es hacer dinero. El mandato para la petrolera es claro: maximizar la creación de valor de los hidrocarburos. Eso implica de forma necesaria hacer tanto dinero como sea posible. Cantarell nos acostumbró a petróleo fácil: cuenta la leyenda que el pescador de ese nombre encontró literalmente el petróleo flotando sobre el agua. Ahora, no es tan sencillo. México posee reservas posibles para más de 30 años –gracias a la Virgen de Guadalupe,  dijo el CEO de Pemex Suárez Coppel– pero para convertir esas reservas en probadas se necesita una inversión fuerte en exploración y posteriormente en producción, particularmente para ambientes difíciles como las aguas profundas del Golfo de México. Ante esa realidad, ¿qué puede hacerse para cumplir con los términos del mandato?

En términos de legislación, dadas las condiciones históricas y políticas, los pasos más esenciales ya están dados. La ley de Pemex y las disposiciones administrativas sobre contratación ya contemplan la existencia de contratos incentivados de exploración y producción. Es de notar dos cosas: 1) estos contratos son, esencialmente, una prestación de servicios. No se cede control sobre el material en sí, solo se paga a un intermediario para sacarlo del subsuelo y; 2) los contratos pueden ser, a discreción de Pemex, de exploración, de producción, integrales (E&P) u “otros”. Los problemas no son de legislación, son de ejecución y allí hay una traba ideológica importante.

Con eso en mente, no existe un peligro legal real para la soberanía de los hidrocarburos. Hay que dar el paso hacia pensar el rol del Estado y de la esfera pública en la persecución de fines económicos. Si la doctrina es de creerse, PEMEX es de todos los mexicanos. En ese sentido, somos todos accionistas en abstracto de la paraestatal. No recibimos dividendos, pero sí transferencias: las finanzas públicas siguen siendo dependientes de la renta petrolera, eximiéndonos en parte de una carga impositiva mayor. Hay efectivamente terceras partes interesadas en el desempeño financiero de la empresa –dejándola así en una posición sustancialmente igual a una empresa privada, aunque persiga fines públicos– debe entonces Pemex buscar la rentabilidad con las herramientas que la asamblea de accionistas –en este caso, los mexicanos por medio de la representatividad en el Congreso– le ha dotado.

Empujar la agenda de las asociaciones público privadas en Pemex no es un elemento que vulnere la soberanía. Es una forma de aprovechar los recursos que se están dando, utilizando herramientas de gestión que han demostrado su eficiencia en diversas formas en la industria en todo el mundo. Reduciéndolo a una mínima expresión, la pregunta es si queremos un pastel de 1kg hecho por nosotros, o si queremos un pastel de 5kg, aunque tengamos que pagarle al pastelero por hacer el pastel. Una mayor generación de riqueza por parte de Pemex tendría como consecuencia, asumiendo que los recursos no se vayan en financiamiento de campañas o para los viajes de los horribles perros de la hija de Deschamps, un Estado con más recursos para administrar, lo que se reflejaría en mejores servicios públicos para todos.

Desmitificando la política petrolera 28012013, mitos petróleo, méxico, twitter, columna invitada, invernaideas, inverna ideas, reforma energética, pémex

 @pacollo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s