Viene-Viene

Uno de los mitos más famosos entre los economistas, afirma Ha-Joon Chang, es que la eficiencia, la capacidad de innovación y el talento empresarial son la principal diferencia entre países ricos y países pobres. Eficiencia también es transformar una bicicleta en una taquería ambulante; innovación dar luz a comunidades marginadas con botellas de agua; y talento empresarial cobrar por lugares de estacionamiento en la vía pública.

Los viene-viene son un magnífico ejemplo de nuestros emprendedores. Detectan una necesidad, analizan las mejores formas de resolverlo y escogen aquella en la que pueden obtener un mayor beneficio económico. Incluso, demuestran ser un sector consolidado, toda vez que los diversos franeleros buscan usar su poder de mercado para consolidarse y expandir su dominio. Son un servicio tan mexicano que incluso su nombre no tiene traducción fuera del idioma chilango (¿the coming-coming guys?).

En nuestra defectuosa ciudad, su existencia se justifica porque optimizan los espacios de estacionamiento. Por ejemplo, en la Roma-Condesa, su existencia es urgente: 170 mil personas acuden diariamente a la zona y sólo hay 16 mil cajones de estacionamiento en la vía pública. De la misma forma que los controladores aéreos coordinan la escasez de pistas de aterrizaje en los aeropuertos, nuestros franeleros asignan espacios de estacionamiento.

El problema de los viene-viene no es su nicho de negocio: ante derechos de propiedad mal asignados, ellos surgen como la solución al problema cotidiano de quién se estaciona y en dónde. Tampoco viene por su informalidad, viene-vienes y valet parrkings, por igual, pueden desaparecer algunas de las cosas de tu auto o aparecerle rayones o golpecitos a tu coche. El grave problema de los franeleros es que son un monopolio.

Al igual que las compañías de telefonía celular, las televisoras o los bancos (¿o los partidos políticos?), los viene-viene pueden cobrarte casi lo que quieran y darte un mal servicio porque saben que tus alternativas son pocas. Si no aceptas sus términos y condiciones, no hay forma en que te puedas estacionar en “su” calle.

Los parquímetros son una solución parcial e incompleta. Mejorarán la situación actual porque, mediante multas, agravarán la restricción de estacionamiento por los usuarios; coaccionan a que, quien pueda, deje su auto en otro lado. Sin embargo, al evitar la doble fila, restringirán aún más los espacios de estacionamiento y generarán ineficiencias porque el precio –uniforme por hora– asume que todos tienen la misma “necesidad” por estacionarse.

Sería mejor pensar en un esquema que ponga a competir a diferentes proveedores del servicio de asignación de espacios de estacionamiento escaso. Que en sus precios, además, se incluyan una compensación a la externalidad que implica el tráfico en la zona. Imagino una membresía a una compañía de “estacionadores profesionales” que tengan varios módulos a lo largo las zonas conflictivas para estacionamiento (que tu tarjeta te pueda servir para la Condesa, Polanco y Coyoacán). Y sobre todo, que la competencia les obligue a poner énfasis en la atención al cliente. Pocas cosas me harían más feliz que eso.

Pensar en parquímetros es copiar soluciones que han funcionado en otros lugares sin reflexionar completamente si son adecuadas para nuestro caso. Es mantenerse dentro de una línea de pensamiento confortable, legitimado en lo que piensa la mayoría. No salirse de la rayita, no pensar fuera de la caja. No innovar.

La diferencia en productividad entre individuos de países pobres y ricos, afirma Chang, se debe, más que a sus capacidades individuales, a que los segundos forman parte de un sistema con mejor tecnología, mejor infraestructura y mejores instituciones. En otras palabras –remata Chang– la gente pobre de los países pobres puede competir contra sus contrapartes de los países ricos, son las élites de los países pobres los que no pueden hacer lo mismo.

Cambiemos la visión: no será desde nuestros empresarios ni de nuestros políticos, pero la transformación social  viene-viene.

¡Viene, viene!

¡Viene, viene!

 

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