Columna Invitada: El estigma del Político.

-“Si vas a ser político, nada más no seas de los que roba, o cuando menos no te olvides de mí.” – -“¡Noooo joven, ¿cómo que político? esos nada más se dedican a tranzar a costa del pueblo!- Frases como esas y muchas similares son las que escucho cuando decido contarle a alguien que pretendo dedicar mis esfuerzos a la política como carrera profesional. Pareciera que existen pocos oficios tan despreciables como el del político: que en él yace un problema de origen, que no se puede uno dedicar a la vida pública con un legítimo interés de servicio.

De manera paralela y consecuente; se ha desarrollado un pensamiento en la sociedad que hay dos maneras de participar en la esfera pública; una buena, la de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y el activismo y otra, mala, la de los Partidos Políticos y “la grilla”. La gente que participa en la primera, ha desarrollado un miedo casi absoluto a verse involucrados con gente que participa en el segundo; como si esto fuera una mancha a su causa: Un falso dilema que ha terminado por beneficiar a quienes han creado ese estereotipo en la participación partidista.

Los partidos políticos son institutos de interés público acorde a la constitución; y para teóricos políticos como Benjamin Constant, son el paso lógico siguiente a la organización en sociedad civil. Son el mejor mecanismo de agregación de preferencias, porque bajan los costos de información y negociación en un esquema democrático, puesto que forman grupos claros alrededor de una postura ideológica sobre los asuntos de interés nacional. ¿Si son tan buenos, por qué tenemos tan mala imagen de ellos?

Se ha creado una prejuicio que se auto refuerza, al viciarse la praxis política nacional, el prestigio de todos quienes participan en ella decae. Luego, la ciudadanía interesada en los asuntos públicos se deslinda de las actividades políticas formales y deja esos canales a quienes no temen el desprestigio que los mismos conllevan (paradójicamente gente que va precisamente a hacer lo que se piensa de esos espacios). Lo anterior resulta en una clase política corrupta y una ciudadanía que desprecia cualquier interacción con la misma.

La gente que participa en las estructuras formales evidentemente no está interesada en cambiar ese paradigma, puesto que tienen rienda suelta para reforzarlo – “Los políticos son naturalmente corruptos” –. El resto de los ciudadanos que rechazan la corrupción terminan por hacerlo también con el oficio político y dejan el servicio público a merced de quienes refuerzan el prejuicio. ¿Qué podemos hacer para romper con ese círculo vicioso?

La manera más efectiva de romper el cerco es estar conscientes de que no es que exista una diferencia real entre el político y el ciudadano, el primero es tan solo la máxima expresión pública del segundo. Hay que tomar los espacios y herramientas de interacción pública para quienes tenemos un interés sincero en el servicio público (partidos políticos con la afiliación cerrada durante 18 meses sólo se explican por la escasa participación en los mismos). Si es que existe una voluntad de transformación en activistas, éstos deben ocupar los cargos e institutos de interés nacional. Es decir no dejar los mismos a quienes tan solo los ocupan para el usufructo privado.

En suma, la política nacional es lo que la ciudadanía ha hecho de ella, para cambiar su realidad es necesario entrar de lleno en su hacer. El temor y desprecio a la interacción y ocupación de las distintas instancias de gobierno, dejan a quien no los tiene a su libre albedrío y desobligados de una ciudadanía que de cualquier modo espera malos resultados por parte de ellos.

Es momento de que la sociedad civil organizada deje de preocuparse por el pésimo quehacer político nacional y empieza a ocuparse por transformarlo.

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Saúl Vázquez.

Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales del ITAM.

Twitter: @Sawiev

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