¿A QUÉ HORA SALES POR EL PAN?

El piropo “¿a qué hora sales por el pan?” cada vez tiene menos sentido. La probabilidad de halagar a alguien con esa frase es cercana a cero porque las familias mexicanas visitan cada vez menos las panaderías. El consumo de pan en México, ha caído 13% en la última década. Cada mexicano comía 38.5 kilos en el año 2000, mientras que ahora tenemos un consumo de 33.5 kilos.

La dieta del mexicano se ajusta ante la idea de que el pan tiene un alto contenido calórico. El año pasado, el 56% de las ventas correspondió a pan blanco y sólo el 44% a pan dulce. Algo pasó en los últimos diez años de forma que, ahora, comer pan dulce es cosa de gordos.

Las fuerzas sociales que constriñen el comportamiento individual suelen ser muy poderosas no por su capacidad de sanción, sino por su disimulo. Después de décadas, los ingleses tienen reputación de puntuales, los alemanes de organizados, los japoneses de trabajadores y los mexicanos de divertidos. Estos conceptos son dinámicos y se retroalimentan todos los días.

Los patrones socioculturales son sintetizados en las cinco dimensiones culturales que, por encargo del departamento de recursos humanos de IBM, Geert Hofstede delineó a principios de los años setenta. Estas dimensiones son: la distancia al poder, el nivel de individualismo, el grado de competencia, la tolerancia a la incertidumbre y la orientación de largo plazo.

En aquel estudio, Hofstede analizó a más de 70 países. Sobre los mexicanos afirmó que vivíamos en una sociedad jerárquica, en la que las desigualdades eran percibidas como “naturales”, donde sobrevivíamos gracias a la solidaridad dentro de los grupos (como la familia), con el trabajo como valor social primordial y buscando disminuir al máximo la incertidumbre (a costa de la innovación).

En los últimos cuarenta años, nos hemos encargado de modificar radicalmente estos valores. La democracia se ha contrapuesto a la sociedad piramidal, cada vez más personas se preocupan por su tiempo de ocio al igual que su trabajo, el libre comercio destaca los valores individuales y de innovación, y las diversas crisis económicas nos han enseñado a ahorrar y pensar en el largo plazo.

La transformación axiológica tiene sus bemoles. Al crecer en los noventa, mi vida fue marcada por la crisis del peso, la muerte de Colosio, el levantamiento zapatista y las privatizaciones entre cuates. Mi generación es la del ya merito, la del jugamos como nunca, perdimos como siempre. Soy escéptico de cualquier victoria de México. De manera inconsciente, cuestiono cualquier logro colectivo, busco sus efectos secundarios y siempre pienso que algo ocurrirá al final que cambiará el resultado para mal.

La buena noticia es que la nueva generación de mexicanos ya no piensa así. El triunfo del futbol olímpico, los campeonatos sub 17 y la medallista de 15 años, son claros ejemplos. Mis profecías fatalistas de derrota en el último minuto, ya no se cumplen. Algo pasó en los últimos diez años de forma que, ahora, ganar es cosa de mexicanos.

Los cambios de largo plazo ocurren (y tal vez más pronto de lo que pensamos). La obesidad ha disminuido el consumo de pan dulce y nuestra acomplejada democracia ha curado a los mexicanos de su fatalismo en sólo diez años. El nuevo objetivo –si se pudiera escoger– debería ser erradicar la corrupción, el clientelismo y fomentar la innovación. Nada me haría más feliz que “el que no tranza no avanza”, “político pobre, pobre político” y “vale más viejo por conocido que nuevo por conocer”, se conviertan en curiosos anacronismos del país que algún día fuimos y en el que nunca volveremos a estar.

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