¡Expulsación!

Todas las semanas juego futbol. A falta del guardameta titular, el último partido la tuve que hacer de portero. Después de una salvada, un contrario obstruyó mi paso evitando mi despeje. A pesar de que eso es una falta, el árbitro no marco nada (el reglamento dice: si un jugador obstruye intencionadamente al guardameta contrario con el fin de evitar que éste ponga el balón en juego, el árbitro deberá otorgar un golpe franco indirecto), así que decidí –aprovechando mi conocimiento de las reglas del juego– golpear con el balón al jugador del otro equipo para evidenciar su incorrección. El resultado: golpe franco indirecto a favor de mi equipo y, para mí, una expulsión por conducta antideportiva.

No es por justificarme, pero la culpa de mi actitud nociva está en el conflicto poselectoral. Tantas horas leyendo, analizando y escribiendo sobre el tema me hicieron olvidar que –por fortuna– la vida real no es como las elecciones. Me explico: mi conocimiento de las reglas del futbol y mi suposición de que el árbitro analizaría la situación sólo con esa información, me hicieron perder el sentido común; aunque el marco jurídico del futbol me daba la razón, mi actitud contradecía el espíritu mismo del juego.

La democracia mexicana, como respuesta a nuestro pasado autoritario, ha optado por diseñar una legislación exhaustiva en la que se quieren explicitar todos y cada uno de los casos de violaciones electorales posibles. El problema es que, en el ánimo de tener normas impecables, hemos perdido la sensatez y se nos olvidan los principios sobre los que fundamentamos nuestro deseo por la democracia. Esto hace que nuestra legislación electoral siempre esté un paso atrás a las circunstancias y en vías de la siguiente gran reforma.

La compra de votos es, bajo cualquier perspectiva, contraria al espíritu de la democracia; más aún, cualquier intento de direccionamiento del voto mediante la asignación de bienes privados (clientelismo) debería estar proscrito de las campañas. La realidad es que en México, ambas faltas son practicadas habitualmente por todos los partidos y justificadas en las imperfecciones legales: no es acarreo, es transportar simpatizantes; no es clientelismo, es incentivar ciudadanos participativos; no es compra de votos, son programas sociales traslapados. Lo mío no era una agresión al contrario, fue la falta del jugador del otro equipo.

Mientras el enfoque siga siendo inflexiblemente jurídico, los resultados serán ortodoxamente electorales. No podemos lograr un buen sazón con base en leer muchas recetas. Valga el arjonismo: la democracia es verbo, no sustantivo. Si mantenemos la miopía, seguiremos siendo una sociedad que cuenta bien los votos, pero que no vive en democracia.

Lo que nos queda como ciudadanos, es dejar de ser espectadores del juego. Dejar la tribuna y participar más en el juego. Hay que aprovechar todos los espacios de participación que existen (e inventar los que todavía no existen). Hace falta presionar a los jugadores desde sus entrenamientos, hacerles saber, que si no lo hacen bien, nosotros seremos los nuevos jugadores. Necesitamos formar colectivos, asociarnos… hacer equipo. La democracia no es la suma de las partes, sino lo que se genera entre sus interacciones.

Lo que me ocurrió en la cancha de futbol me permitió entender que para ganar un partido, no vale la pena poner en riesgo el futbol mismo. Pedí disculpas por mi estupidez a mis compañeros de equipo y al jugador contrario. Mi expulsación hizo que perdiera mi equipo, provocó poner en riesgo a todos. A mi, no me volverá a ocurrir, ¿podremos decir lo mismo de nuestra clase política?

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